El maíz volvió a colocarse en el centro de la relación comercial entre México y Estados Unidos. Lo que comenzó como una disputa por las restricciones mexicanas al maíz genéticamente modificado ahora se cruza con otro desafío: México depende cada vez más de las importaciones estadounidenses para cubrir su demanda interna.

La controversia tiene un antecedente clave. En diciembre de 2024, un panel de solución de controversias del T-MEC determinó que algunas medidas mexicanas sobre el maíz genéticamente modificado no eran compatibles con las obligaciones comerciales del tratado. El fallo obligó a México a modificar esas restricciones.

Sin embargo, el Gobierno mexicano decidió mantener una línea de protección sobre el cultivo nacional. En marzo de 2025 se publicó una reforma constitucional a los artículos 4 y 27 que reconoce al maíz como elemento de identidad nacional y establece que su cultivo en territorio mexicano debe ser libre de modificaciones genéticas producidas mediante técnicas como las transgénicas.

¿Dónde está el conflicto?

La diferencia está en que prohibir la siembra de maíz transgénico en México no significa que el país haya dejado de importar maíz producido con biotecnología.

México es uno de los principales compradores mundiales de maíz estadounidense. De acuerdo con datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, durante el ciclo comercial 2024/2025 las importaciones mexicanas alcanzaron aproximadamente 25.3 millones de toneladas, y alrededor de 99% provino de Estados Unidos. Para el ciclo 2025/2026, el pronóstico se ubicó en 24.8 millones de toneladas.

Además, la mayor parte de estas compras corresponde a maíz amarillo, utilizado principalmente para alimentación animal y diferentes procesos industriales, mientras que el maíz blanco tiene un papel central en productos de consumo humano como la tortilla. El propio Gobierno mexicano ha señalado esta diferencia al defender la protección de los maíces nativos.

La dependencia comercial se hizo todavía más visible en 2026. Durante enero y febrero, Estados Unidos exportó a México casi 4 millones de toneladas de maíz, un volumen récord para ese periodo, en su mayoría de maíz amarillo.

El maíz blanco, el punto más sensible

La discusión adquiere otra dimensión cuando se habla del maíz blanco y de las variedades nativas mexicanas.

México es considerado centro de origen y diversidad del maíz, con decenas de razas nativas desarrolladas a lo largo de miles de años. La reforma constitucional de 2025 establece como prioridades la protección de la biodiversidad, la soberanía alimentaria y el manejo agroecológico del cultivo.

El Gobierno también puso en marcha el programa “Sin maíz no hay país”, enfocado en fortalecer la producción de pequeños agricultores mediante medidas como precios de garantía y mecanismos para que los propios productores puedan comercializar productos derivados del grano.

Pero el reto no es únicamente proteger las semillas nativas. También está el precio.

Cuando el maíz importado resulta más competitivo, los compradores pueden recurrir a él para reducir costos. Esto genera presión sobre los productores mexicanos, particularmente cuando enfrentan problemas de sequía, costos de producción y bajos precios de comercialización.

Una disputa que va más allá del campo

El maíz se ha convertido así en un símbolo de una discusión mucho más amplia: ¿hasta dónde puede México proteger su producción y biodiversidad sin entrar en conflicto con sus compromisos comerciales con Estados Unidos y Canadá?

La pregunta adquiere mayor relevancia durante la revisión del T-MEC. En 2026, México y Estados Unidos mantienen negociaciones sobre el futuro del acuerdo, en un contexto de mayor presión comercial por parte de Washington. El maíz forma parte de los temas sensibles dentro de esta relación.

Para México, el desafío está en encontrar un equilibrio entre mantener abiertas las cadenas de suministro —fundamentales para la industria pecuaria y alimentaria— y fortalecer la producción nacional de maíz blanco y nativo.

La disputa comercial, por tanto, no se limita a decidir qué tipo de maíz puede entrar al país. También pone sobre la mesa cuánto depende México de Estados Unidos para alimentar a su población y qué tan preparado está para recuperar una mayor capacidad de producción propia.